Cuando la semilla es raíz y esperanza: mujeres Mapuche-Lafkenche crean un laboratorio comunitario de aceite de avellana

16 de septiembre de 2025

CHILE, Sep 16 (FILAC) – En la ribera del Lago Budi, en la Región de La Araucanía, las comunidades Mapuche-Lafkenche han dado vida a un laboratorio comunitario de aceite de avellana. Esta iniciativa no solo busca restaurar la biodiversidad del territorio, sino también fortalecer el empoderamiento económico de las mujeres mapuche, mediante una economía circular que une el uso sostenible de los recursos naturales con la defensa y puesta en valor del patrimonio biocultural del Lago Budi.

El laboratorio coloca a las mujeres indígenas en el centro del proceso. “La recolección viene desde nuestras madres y abuelas, que sabían aprovechar la diversidad de frutos que ofrece el bosque. Este trabajo busca reconocer ese rol y apoyar a las jefas de hogar, a nuestras hijas e hijos, para aportar al sistema económico de las familias”, explica Elizabeth Curiqueo, responsable de la iniciativa.

De este modo, la propuesta impulsa una economía sólida que respeta y protege el Itxofilmogen —la vida en toda su diversidad—, promoviendo un equilibrio sostenible entre el bienestar de las comunidades y el entorno natural que las rodea.

Para Elizabeth, el laboratorio no es solo una alternativa productiva, sino también un acto de memoria y de reciprocidad con la naturaleza: “Nuestros padres y abuelos nos enseñaron a recolectar lo necesario, porque en el bosque no estábamos solos: también se alimentan los pájaros, los insectos y el mismo suelo, que es vida”.

La inicaitiva es implementada por la Agrupación Rekvlvwvn ka Kelluwvn —que en mapuzugun significa apoyo mutuo— y forma parte del Fondo Semillas de Reciprocidad, impulsado por el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe – FILAC, el Programa Emblemático Mujeres Indígenas de América Latina y el Caribe – MILAC, las redes regionales de mujeres indígenas de Abya Yala, así como el apoyo del Fondo Pawanka y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo – AECID.

El avellano chileno: un fruto del bosque y de la memoria mapuche

El avellano chileno (Gevuina avellana), conocido como gevuin o ngefv en lengua mapuche, es un árbol nativo de gran valor cultural y ecológico. Sus semillas germinan con rapidez y dan origen a múltiples subproductos, entre ellos el aceite de avellana, rico en omega-3 y altamente apreciado en la fitocosmética por sus propiedades nutritivas y regenerativas.

Esta especie se distribuye principalmente en los bosques templados del centro y sur de Chile, desde la región del Maule hasta la región de Los Lagos. Crece de manera óptima en suelos húmedos y bien drenados, especialmente en las cercanías de ríos y arroyos, donde contribuye a la biodiversidad y al equilibrio de los ecosistemas.

Más allá de su valor ambiental, el avellano chileno ha sido un pilar de la cultura mapuche y de la identidad local durante generaciones. Sus frutos —las avellanas— han sido utilizados tradicionalmente como alimento, ya sea crudos o incorporados en diversas preparaciones, y se han reconocido también por sus usos medicinales.

Como afirma el Vivero de Frutillar, en la región de Los Lagos: “El avellano chileno ha sido parte integral de la cultura y de la vida de las comunidades. Su fruto y sus propiedades medicinales lo convierten en una especie de profundo significado, que conecta a las personas con la naturaleza y con la memoria de sus ancestros”.

Alternativas de microfinanzas y la memoria de la recolección

La iniciativa es un esfuerzo colaborativo entre el Lof Llaguipulli y Maple Microdevelopment para la creación de un grupo financiero comunitario mapuche basado en valores y protocolos propios de nuestro pueblo ancestral. Fue establecido en el año 2013 luego de una fase preparatoria. Con el tiempo, el interés por la soberanía económica se fue entrelazando con la riqueza del territorio y sus frutos: avellanas, murtas y maqui.

Las murtas y el maqui se transformaban en mermeladas y licores, mientras que, hace unos cuatro años, comenzó un proceso de recuperación del conocimiento en torno a la recolección de avellanas, “algo que también se nos había olvidado”, recuerda Elizabeth Curiqueo, lideresa de la organización.

“Primero fue volver a reconocer el fruto, recolectarlo y consumirlo; luego llegó el interés por transformarlo en productos con valor agregado, como harinas, cosméticos y un aceite rico en omega 3, muy bueno como bloqueador solar”, añade.

Lo que comenzó como una forma de reaprender y valorar la nuez fue abriendo oportunidades económicas para la comunidad. Curiqueo destaca que hace una década nadie imaginaba dedicarse a la extracción de aceite de avellana, ya que su uso tradicional era únicamente como alimento cocido.

Hoy, gracias al trabajo colectivo y socios claves como Budi Anumka, asociación Ambiental, que gestiona los viveros y corredores comunitarios en red muchas familias han incorporado este fruto a sus economías locales, retomando incluso árboles plantados años atrás por la machi, autoridad espiritual del Pueblo mapuche, cuyas semillas siguen dando vida y sostén a la comunidad.

Máquinas para extraer avellana: eficiencia y proyección comunitaria

Para Óscar Carrillo, la producción de avellana se ha convertido en un trabajo altamente exitoso: “Se han adquirido máquinas que nos permiten procesar la avellana y aprovechar su aceite natural para la alimentación”, señala.

Estas máquinas partidoras representan un apoyo clave para la organización, integrada en su mayoría por mujeres jefas de hogar. Su incorporación no solo optimiza los tiempos de producción, sino que también eleva la calidad del producto final: aceite extra virgen de avellana, un recurso nutritivo y de gran valor en el mercado.

El objetivo va más allá de la eficiencia: se busca incrementar la producción para fortalecer una alimentación regenerativa en las comunidades y, al mismo tiempo, abrir camino hacia una economía sostenible con la posibilidad de comercializar los productos a mayor escala.

Johanna Paillan, beneficiaria de la iniciativa, recuerda que al inicio el proceso era completamente artesanal y lleno de dificultades. Hoy, gracias a la tecnología, la producción es más sencilla y accesible, lo que ha inspirado a más mujeres y familias a involucrarse. Esto ha permitido no solo disponer de aceite para el consumo propio, sino también generar ingresos a través de la venta de subproductos como mermeladas y licores.

Elizabeth Curiqueo destaca: “Aunque nuestro trabajo sea a pequeña escala, lo realizamos siempre con respeto y conciencia hacia nuestros bosques, nuestras medicinas y nuestras semillas”.

Mujeres que lideran con raíz y futuro

Para Elizabeth Curiqueo, esta iniciativa tiene a las mujeres como protagonistas, sin restar valor al aporte de los hombres: “La recolección viene de nuestras madres y abuelas, quienes nos enseñaron a aprovechar no solo los productos más conocidos, sino la gran diversidad de frutos que nos ofrece el bosque”.

Curiqueo enfatiza que la vida comunitaria ofrece una alternativa más plena frente a la ciudad: “En la ciudad vivir fue una forma de sobrevivencia, marcada por el tipo de trabajo y la calidad de vida. Aquí en la comunidad hay mucho por hacer, pero nunca nos falta nada. Las herramientas que hemos ido adquiriendo con el tiempo no solo sirven para producir aceite, sino también para mejorar nuestra calidad de vida. Eso ha sido fundamental”.

El entusiasmo de las mujeres por el avellano va más allá de la comercialización: también priorizan el consumo interno, que fortalece la economía local y la soberanía alimentaria. “Eso nos tiene muy satisfechos y contentos”, agrega Curiqueo.

En la misma línea, Óscar Carrillo subraya que el trabajo con mujeres busca garantizar una alimentación sana y regenerativa para las familias, además de dar a conocer los productos en otros territorios: “Las mujeres están muy comprometidas con la comunidad, con su trabajo y con sostener una economía sustentable”.

Por su parte, Fabiola Painefil, administradora de la iniciativa, destaca la diversidad de productos que pueden elaborarse: “El aceite de avellana es algo nuevo para nosotras, pero ya conocíamos la harina de avellana, que permite preparar alimentos más saludables para los niños y niñas. Además, en una gira aprendimos que también se puede hacer leche de avellana y hasta nutella, un producto que suele ser bastante caro en el supermercado”.

Este esfuerzo colectivo demuestra que, a partir de lo que ofrece el bosque, es posible generar alternativas nutritivas, accesibles y con identidad, que fortalecen tanto a la comunidad como a la biodiversidad.

Transmisión de conocimientos y sostenibilidad

Elizabeth Curiqueo explica que la sostenibilidad de la iniciativa se basa en los principios del Gobierno Propio del Lof: “Nuestra principal autoridad ancestral es el lonco, junto con las machis, los ancianos y abuelos. Desde ese conocimiento surge la orientación de no extraer en exceso, de no ser extractivistas y de respetar la diversidad de frutos que nos entregan los bosques”.

Este enfoque implica un profundo respeto hacia la naturaleza y sus ciclos. “De esta manera evitamos reproducir el modelo de negocio extractivista que predomina en la economía de Chile. Es el conocimiento ancestral y nuestra forma de relacionarnos con el bosque lo que nos diferencia de otras economías”, enfatiza Curiqueo.

En esa misma línea, Fabiola Painefil, responsable de la administración de la iniciativa, destaca la importancia de transmitir este legado a las nuevas generaciones: “Ha sido muy enriquecedor, como mujer y como mamá, enseñar a los niños y niñas sobre los frutos del bosque, mostrarles de dónde provienen y qué productos se pueden elaborar. Ha sido una experiencia muy bonita y provechosa”.

De esta manera, el trabajo con el avellano no solo impulsa una economía comunitaria sostenible, sino que también fortalece la memoria cultural y el vínculo intergeneracional con la tierra y sus frutos.

Más que un laboratorio: avellana, turismo comunitario y bienestar colectivo

La experiencia del laboratorio de aceite de avellana trasciende la producción y comercialización: se ha entrelazado con el turismo comunitario, donde emprendedores locales muestran a los visitantes las propiedades del avellano y de su aceite. Esto amplía el alcance del proyecto sin perder la lógica de un círculo económico cercano, justo y accesible.

“Nuestro círculo económico no está tan lejos. Está aquí mismo, con precios accesibles para nuestra gente y también para quienes quieran adquirir estos productos sanos”, explica Elizabeth Curiqueo.

En esa visión, la iniciativa se conecta con un horizonte mayor de bienestar comunitario, donde la alimentación regenerativa ocupa un lugar central. “Siempre creemos que la base de la familia, de la vida, de la salud y del bienestar está en la alimentación, en nuestra forma de comer y en cómo trabajamos el suelo”, afirma Elizabeth.

Como parte de este esfuerzo, la comunidad ha estado rescatando semillas tradicionales y recuperando la costumbre de consumir frutos estacionales del bosque, prácticas profundamente ligadas a la cosmovisión del Pueblo Indígena mapuche.

Este compromiso también se refleja en el intercambio de saberes. Tal como señala Óscar Carrillo, el trabajo comunitario ha permitido visitar comunidades vecinas para compartir experiencias sobre el consumo y las propiedades de la avellana, fortaleciendo vínculos y tejiendo redes de colaboración territorial.

Desafíos y visión de futuro

Elizabeth Curiqueo explica que uno de los principales retos es consolidar una sala de procesos comunitaria para la avellana, que esté al servicio de todas las familias. La meta es que, en los próximos siete años, aumente la producción de frutos —especialmente del avellano— y que cada vez más hogares se sumen a este movimiento verde de restauración biocultural.

La iniciativa también busca involucrar a niños, niñas y juventudes, transmitiendo conocimientos sobre lo que consumen y promoviendo una mejor calidad de vida a través de una alimentación sana y consciente.

El avellano, recuerda Elizabeth, no crece en soledad: está acompañado por una gran diversidad de vida que se nutre y convive bajo su sombra. Sus frutos alimentan, sus hojas enriquecen el compost y su follaje ofrece refugio a múltiples especies. Este árbol es expresión del Itxofilmogen, la diversidad de la vida. Por eso, el desafío no es solo plantar, sino restaurar ecosistemas completos, generando espacios de vida equilibrados y fértiles.

 

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