ARGENTINA, Sep 15 (FILAC) – Mujeres, hombres, jóvenes y niños, cubiertos con plumas de suri —el avestruz andino— irrumpen en la Comunidad Indígena de Chalala. Con saltos, giros y el resonar de cascabeles en sus piernas, evocan a esta ave en una danza ancestral: la Danza de los Samilantes. Según la cosmovisión andina, este ritual invoca las lluvias y honra a la Madre Tierra, llamando a la fertilidad.
Tras años de silencio, la tradición ha renacido gracias a un grupo de mujeres del Pueblo Indígena Kolla, quienes impulsaron la reactivación del “Encuentro Regional de Danzantes Samilantes del Noroeste Argentino”, celebrado en la Comunidad Indígena de Chalala, en el departamento de Tumbaya, provincia de Jujuy, Argentina.
Fiesta patronal y rescate cultural
El encuentro se llevó a cabo en el marco de la fiesta patronal en honor a la Virgen de Luján, patrona de Chalala. La jornada incluyó la misa, la procesión de la imagen por las calles de la comunidad, desfiles, un almuerzo comunitario y una feria artesanal. Previamente, se realizó un taller de confección de trajes utilizando la técnica ancestral del tejido con plumas.

La actividad reunió a más de 80 danzantes y congregó a cerca de 180 participantes provenientes de distintas comunidades. Entre ellas, la Comunidad Indígena de Chalala, visitantes de zonas aledañas, músicos de bandas de Sikuris y Samilantes de diversos puntos geográficos como Huichaira – Tilcara (Jujuy), Humahuaca (Jujuy), Doncellas y Tambillos, Abra Pampa (Jujuy), San Antonio de los Cobres (Salta) y Chalala – Purmamarca (Jujuy). También participaron corneteros de Humahuaca, Abra Pampa y Salta, así como autoridades municipales.
“Este encuentro significó volver a celebrar nuestras raíces, fortalecer nuestra cultura y poner en valor la sabiduría heredada. Nos sentimos orgullosos de seguir de pie, junto a los mayores que aún nos acompañan y frente a nuestros hijos e hijas”, expresó Sara Elvira Choquevilca, secretaria de la Comunidad Indígena de Chalala y responsable de la iniciativa.
Esta iniciativa forma parte del Fondo Semillas de Reciprocidad, y es impulsada por el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe – FILAC, el Programa Emblemático Mujeres Indígenas de América Latina y el Caribe – MILAC, las redes regionales de mujeres indígenas de Abya Yala, y cuenta con el apoyo del Fondo Pawanka y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo – AECID.
Una danza que regresa después de ocho años
El Encuentro Regional de Danzantes Samilantes del Noroeste Argentino nació en 2009 como una iniciativa para rescatar y promover una danza ancestral que, con el paso del tiempo y el avance de la modernidad, había comenzado a desvanecerse.
“Durante ocho años consecutivos logramos realizar este encuentro, siendo el último en 2016. Sin embargo, por la gran demanda de esfuerzo y recursos económicos, la comunidad y sus danzantes no pudimos sostenerlo. Siempre lo organizamos de manera independiente”, relata Choquevilca.

Agrega que, tras ocho años de silencio, en 2024 la partida de don Néstor Quispe —pilar fundamental del encuentro— motivó al área de cultura y a las mujeres de la comunidad a reactivar la danza, como homenaje y como acto de reivindicación cultural.
El lenguaje del Suri y la lluvia
La danza de los Samilantes reproduce los movimientos del Suri, que antes de las lluvias despliega destrezas de cortejo para el apareamiento. “Se dice que, al danzar a esta ave sagrada en el mundo andino, se establece una conexión desde lo terrenal con las lluvias, llamándolas y dando continuidad a un nuevo ciclo de fertilidad y prosperidad en la tierra”, explica Jovita Valdiviezo, orientadora del Área de Cultura.
Los danzantes, conocidos como Samilantes, llevan plumas de Suri en sus tocados y cuerpos, emulando al ave. Portan bastones sagrados o palillos decorados con plumas, mientras los cascabeles atados a sus piernas resuenan como el fluir de un río caudaloso.
Para Verónica Mamani, responsable del grupo Samilantes, la enseñanza de los mayores siempre fue clara: aprender de la naturaleza a través de la observación y el respeto. Sin embargo, advierte que “en los últimos tiempos, el avance del llamado progreso y la modernidad nos ha ido alejando de nuestras raíces, haciendo que muchos jóvenes abandonen esta danza y otros elementos de su cultura, llegando incluso a renegar de ella o a sentir vergüenza”.
Mujeres indígenas al frente del rescate de la danza
La resistencia y el rescate cultural hoy llevan rostro de mujer. “Como mujeres y madres kollas dejamos a nuestras familias para salir a danzar. Aunque representa un gasto de tiempo y de dinero, todo se compensa con la satisfacción de saber qué hacemos lo necesario para que esta danza, resguardada por nuestros abuelos durante generaciones, no se pierda”, relata Mamani.
Recuerda que, en un inicio, no fue fácil incorporarse a este baile, pues los hombres mayores de la comunidad se oponían a su participación. Con el tiempo, sin embargo, y ante los espacios vacantes, las mujeres tomaron la iniciativa. De la mano de los Samilantes más antiguos aprendieron el estilo propio de la danza: sus pasos y coreografías.

“Para quienes danzaron y aún continúan danzando, sostener este encuentro con el mismo entusiasmo que al inicio ha sido un reto enorme, porque exige la ardua tarea del fortalecimiento comunitario. Es una lucha constante contra los valores impuestos por el capitalismo y el consumismo, que terminan enajenando a nuestros hermanos y hermanas”, señala Claudia Alancay, integrante de los Samilantes.
Preparación espiritual y comunidad
La organización del encuentro no comienza el día de la danza. Requiere meses de preparación que incluyen visitas a comunidades vecinas, chall’as y sahumos como ofrenda a la tierra y al agua. “Compartimos cómo nos fue durante el año, qué expectativas tenemos para el próximo, y presentamos nuestras intenciones para la renovación de un nuevo ciclo de prosperidad y abundancia, para la vida misma”, explica Sandra Cruz.
El encuentro también conlleva la confección de trajes con plumas, una técnica ancestral que las mujeres han comenzado a aprender y transmitir. “Los trajes siempre fueron elaborados por hombres mayores que guardaban los secretos de las técnicas más antiguas del arte de tejer plumas. Sin embargo, ante la necesidad de reacondicionarlos, las mujeres hemos aprendido a ingeniárnoslas para confeccionar los nuestros”, comenta Alancay, quien también participa en la elaboración de la vestimenta.
Añade: “En este último encuentro, realizado gracias al proyecto del Fondo Semillas de Reciprocidad, tuvimos la oportunidad de contar con un profesor joven que nos enseñó dos técnicas antiguas de tejido con plumas. Fue una experiencia muy valiosa, porque adquirimos ese conocimiento y ahora queremos confeccionar nuevos trajes para integrar a más niños y niñas”.
Sabiduría ancestral: enseñar, preservar y emocionar
Para los mayores y mayoras, el Suristinkuna transmite a las juventudes un principio fundamental: el respeto por lo que son y por lo heredado de sus ancestros. Danzar significa demostrar que siguen vivos, llenos de energía, y que su ofrenda a la Madre Tierra nace de la humildad y la entrega.
“La danza no es un simple espectáculo ni algo sin valor, sino una forma de ser uno con la vida, con nuestra Pachamama. Es también reconocer que, al igual que los animales, las personas dependemos del agua para existir”, afirmó Julián Díaz, Samilante Mayor.

Por su parte, José Zerpa, Samilante Mayor y homenajeado, compartió: “Es hermoso y muy emocionante vernos a los viejos que aún quedamos vivos, recordando nuestras vivencias de años pasados. Y ahora, al observar cómo los jóvenes se suman, sentimos una gran alegría, porque nos da esperanza de que nuestra danza se mantendrá viva”.
Los mayores advierten que, si estos encuentros se debilitan o se pierden, también se apaga la fuerza espiritual que sostiene a la comunidad. Como señala Cándido Liquin, Samilante Mayor: “Cuando dejamos de practicar nuestras tradiciones, nos vamos apagando como el fuego”.
Transmisión de conocimientos y esperanza
Como madres y mujeres kollas, las danzantes saben que la continuidad del Suristinkuna no depende únicamente de ellas, sino también de lo que logren transmitir a sus hijos e hijas. Por ello, buscan que las nuevas generaciones aprendan a valorar y respetar su cultura, que se sientan orgullosos de su identidad y de un legado ancestral lleno de sabiduría.
“Queremos que vivan y sientan la emoción que transmite esta danza, que se fortalezcan con ella para superar sus problemas y que la mantengan viva, tal como nosotras lo hacemos, a pesar de todas las adversidades”, afirma Verónica Mamani.
Las juventudes, poco a poco, también van asumiendo este legado. “Mi mamá me contó que es una danza sagrada, que se practica desde mis abuelos y desde mucho antes quizá. Se usa para atraer a las lluvias, así no tenemos sequía y la hacienda no se nos muere. También para poder sembrar y regar, porque sin agua no hay vida”, relata Violeta Tolaba, joven samilante colaboradora.
Sobre su experiencia añade: “Bailar Suri no es tan sencillo como parece: hay que saltar todo el tiempo y cansa mucho. Además, confeccionar los trajes cuesta bastante, desde conseguir las plumas, elegirlas y clasificarlas, hasta aprender a conservarlas. El encuentro fue muy lindo, pero no todos saben el trabajo que representa. Por eso decidí sumarme y ayudar en lo que pude, porque veo que es algo muy importante”.
La danza también despierta la curiosidad de los visitantes. “Para los turistas, por ejemplo, esta danza resulta algo extraño. Ellos no conocen a nuestro Suri. Es algo que llama la atención desde lejos y parece místico, todo un ritual en verdad”, comenta Himelda Alancay, joven colaboradora.
Más allá de la danza: las ferias y el trueque
El Suristinkuna es también feria, trueque y encuentro. Las artesanas llevan sus tejidos y explican a los visitantes el valor de su trabajo. “Aquí no hay intermediarios, aquí ponemos el precio justo y contamos lo que cuesta hacer un trabajo artesanal”, señala Vicenta de Zerpa, abuela tejedora.
Aunque la modernidad empuja al dinero, el trueque todavía sobrevive. “Cuando nos encontramos entre mayores, nos entendemos mejor y compartimos para no volver con cargas a casa. Debería volver a hacer más ferias de trueque así los jóvenes ven que hay otras formas de reciprocidad, que no todo es dinero”, asevera Enrique Barrionuevo, productor.
Retos y futuro
Organizar este encuentro no fue una tarea sencilla: la inflación, la falta de apoyo municipal y los problemas de conectividad complicaron el proceso. Sin embargo, la comunidad logró cubrir los gastos necesarios. “Pudimos sobrellevar estas dificultades realizando el encuentro de manera conjunta con nuestra fiesta patronal, y así cubrir los costos restantes gracias a los aportes comunitarios”, explica Aníbal Chocobar, orientador general de Chalala.
De cara al futuro, la comunidad espera poder realizar nuevamente el encuentro el próximo año. El desafío principal sigue siendo el económico, ya que, aunque este año contaron con el apoyo del Fondo Semillas de Reciprocidad y con los aportes propios de la comunidad, la inversión es muy alta y demanda además un gran esfuerzo de trabajo.

“Hay muchas expectativas de parte de los y las danzantes. Esperamos seguir reuniendo a los distintos grupos de Samilantes para generar una mayor conciencia que resguarde nuestra identidad y que también motive a nuestros gobiernos locales a brindar apoyo a través de los ministerios de cultura”, señala María Liquín, tesorera de la comunidad.
Liquín también subraya el valor turístico del encuentro: “Los visitantes del mundo que llegan se deslumbran con la belleza de nuestros paisajes y pueden conocer de cerca nuestra cultura”.
Con emoción, añade: “Esta iniciativa no solo nos ayudó en lo económico —que es una parte muy importante—, sino que también nos llenó de aliento para decir: ‘¡Sí podemos!’. Aunque fuimos algunas mujeres quienes nos pusimos al frente y dijimos: ‘¡Lo haremos!’, logramos demostrar una vez más que todo esfuerzo por rescatar esta danza es fundamental”.


