La ruta hacia la COP30 fue el resultado de un proceso que comenzó lejos de las negociaciones internacionales y cerca de la memoria viva de los territorios. Fueron las mujeres y juventudes indígenas quienes encendieron la chispa inicial, compartiendo sus preocupaciones ante los impactos desproporcionados del cambio climático y la pérdida de biodiversidad.
FILAC, MILAC, la Red de Jóvenes Indígenas, Anmiga, el Fondo Pawanka y el Banco Mundial asumieron entonces un compromiso común: construir un proceso de incidencia internacional que garantizara la participación plena y efectiva de las mujeres y juventudes indígenas en la COP30.
Ese compromiso se transformó en una ruta que conectó experiencias, conocimientos y agendas, hasta llegar a Belem do Pará, Brasil.
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