Raíces de resistencia: Mujeres y juventudes matsigenkas rescatan variedades ancestrales de yuca en Koribeni

18 de agosto de 2025

PERÚ, Agos 18 (FILAC)  – Cuentan los sabios y sabias matsigenkas que, hace mucho tiempo, los comunarios solo comían tierra, que entonces se creía que era yuca. Kashiri, la Luna —a veces vista como un joven errante, otras como un astro compasivo— se enamoró de una joven matsigenka y le mostró el secreto de la verdadera yuca: le dio la semilla sagrada y le enseñó cómo cultivarla. Desde entonces, este tubérculo no solo es uno de los alimentos de la comunidad: es origen, es vida, es identidad.

Hoy, ese legado ancestral aún palpita en la comunidad nativa de Koribeni, ubicado al pie de la selva tropical del distrito de Echarati, en la provincia de La Convención, Cusco, Perú. Allí, no solo se cultiva la tierra: se cultiva la memoria. Las mujeres, juventudes, sabios y sabias del pueblo Matsigenka implementan una iniciativa innovadora para preservar algo que el tiempo, el comercio y el olvido amenazan con desaparecer: la diversidad de sus semillas de yuca.

A lo largo de generaciones, se cultivaron en Koribeni numerosas variedades de Yuca, cada una con su propio nombre, sabor y uso. Algunas se utilizaban para preparar el masato, bebida tradicional que acompaña tanto la vida cotidiana como las ceremonias ancestrales del pueblo Matsigenka. Sin embargo, con la llegada de proyectos externos, variedades como la yuca arponera —ajena a la cultura local— comenzaron a remplazar a las especies nativas. “La yuca arponera que trajeron crece rápido, pero no es nuestra”, advierte Lizbet Anamel Kaibi Bazan, coordinadora del proyecto y del colectivo.

Frente a esta pérdida silenciosa, ocho mujeres, junto a un abuelo y una abuela sabia, se organizaron para proteger y expandir las variedades de yuca local a través de chacras semilleras comunitarias. Así nació la iniciativa “Recuperación de variedades de yuca cultivadas por los matsigenkas de la comunidad nativa Koribeni, promovida por la organización Tsinane Onegintevagetanakero Aniantagarira (Mujeres cuidando la vida), en el marco del Fondo Semillas de Reciprocidad.

“Es muy importante para nosotras rescatar estas variedades de yuca porque son un cultivo propio del pueblo Matsigenka. Poco a poco, incluso sus nombres en machiguenga se están perdiendo”, explica la coordinadora del proyecto.

Esta iniciativa cuenta con el apoyo del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe – FILAC, el Programa Emblemático Mujeres Indígenas de América Latina y el Caribe – MILAC, las redes regionales de mujeres indígenas de Abya Yala, y el apoyo del Fondo Pawanka y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo – AECID.

La arponera: una yuca ajena que desplaza lo propio

La llegada de la yuca arponera, de rápido crecimiento y producción casi uniforme, inició una transformación significativa en la vida agrícola y cultural de la comunidad. Como describe Gabriela Loayza Seri, “La ventaja de la yuca arponera es que es más rápida su producción y también es casi una yuca uniforme. Su producto es mediano; entonces lo pueden llevar y es más comercial. Pero al dejar las otras variedades, hemos perdido la misma costumbre, la misma cultura, porque la yuca arponera es del colono, como dicen, de los de afuera; no es una yuca propia de nosotros. Hemos perdido tradiciones”.

Añade, “nosotros tenemos diferentes tipos de yucas que sirven para hacer masato, pero con la arponera no se puede hacer masato, porque tiene mucho almidón. Entonces hemos perdido parte de nuestras costumbres y de nuestra cultura”.

Asimismo, Gabriela explica que cuando trajeron la yuca arponera, comenzaron a aparecer más enfermedades, porque al ser solo una variedad, no hay diversidad, y eso hace que las plagas ataquen con más fuerza. Además, muchos comuneros dejaron de sembrar las otras variedades, en parte porque hemos pasado por una etapa de colonización. “Vivimos cerca de la carretera, y con la llegada de ciertos proyectos, la gente empezó a trabajar fuera, alejándose de las chacras”, explicó.

Entonces comenzó la escasez. “Actualmente, solo algunas familias cultivan yuca, no todos. Incluso nosotros, que somos los que debemos tener siempre yuca en nuestras chacras, tenemos que comprarla de repente a quienes aún la siembran. Ha cambiado mucho: antes nuestras chacras eran diversificadas, teníamos yuca, plátano, maíz, todo junto. Ahora muchas veces sembramos solo plátano y nos olvidamos de la yuca.

Nuestros abuelos nunca se quedaron sin yuca. Nunca fue escaso.  Más bien ahora, ahora sí está haciendo falta”, explica Gabriela Loayza, ansiosa.

De la misma manera, la introducción de nuevas variedades y cultivos foráneos ha tenido un efecto especialmente en las mujeres agricultoras, responsables de la alimentación familiar, al reducir la diversidad tradicional de yucas que antes aseguraba un suministro constante durante todo el año.

De acuerdo con Lizbet Anamel Kaibi Bazán, antiguamente nuestros ancestros cultivaban la yuca fundamentalmente para el consumo familiar. Sin embargo, hoy en día se prefiere la arponera porque tiene un tiempo de producción más corto; se desarrolla rápidamente y se puede transportar al mercado con mayor facilidad.

Las variedades ancestrales no solo proporcionan usos y sabores alternativos, también se conservan por un periodo más largo, asegurando la armonía y la sostenibilidad en la alimentación comunitaria, algo que se está perdiendo actualmente y que representa un desafío para la identidad y el bienestar comunitario.

Registro e inventario de las variedades de yuca y sus nombres en matsigenka

“En el marco de esta iniciativa, se recopiló el conocimiento ancestral sobre el origen de la yuca desde la visión del pueblo matsigenka, identificando los saberes y conocimiento ancestrales asociados  a 17 variedades tradicionales de yuca, todas con nombres en lengua matsigenka: tsivaigiganire, memeriganire, sankatiganire, peratsiganire, pakitsiganire, puintoriganire, kashiriganire, tipueroganire, tiaretoganire, kemariganire, kapeshiganire, kentosoriganire, timpiaganire, oeganire, opuichake, aroriganire y tsamiriganire”, aseguró Lizbet Anamel Kaibi.

La información está siendo sistematizada en una matriz que incluye la descripción de cada planta, el tiempo de siembra y cultivo, así como dos cuentos matsigenkas sobre el origen de la yuca y las técnicas tradicionales de conservación.

Desde la mirada del pueblo Matsigenka, la yuca es un regalo sagrado que reemplazó el barro que antes se consumía. “La yuca siempre ha sido destinada a la alimentación. Antes, desde nuestra cosmovisión, comíamos barro. La Luna se compadeció, se enamoró de una joven, y nos trajo la verdadera yuca. Desde entonces, ya no comemos barro. Siempre la usamos en nuestras comidas y en nuestra bebida, que es el masato”, cuenta Gabriela Loayza Seri, jefa de la comunidad y apoyo del proyecto.

La implementación de esta iniciativa permitió crear un inventario participativo con las sabias y los sabios de la comunidad. Hubo dibujos, relatos, clasificaciones y recuerdos. Hablaron de ciertos tipos de yucas y de aquellas que muy pocos conocían porque tenían usos especiales. Entre ellas, hablaron de  la Peratsiganire.

“Había una yuca que le daban a los ociosos, la Peratsiganire. A ellos les daban esa yuca y un masato especial para que se les pase la flojera y se vuelvan trabajadoras. Era como un remedio. Pero también tenía sus efectos: si no trabajabas, esa bebida te hacía mal al cuerpo. Había esos secretos”, contó Gabriela, entre las risas de los miembros del proyecto.

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Estos saberes, transmitidos de generación en generación, no solo describen técnicas agrícolas, sino que refuerzan normas culturales, valores y enseñanzas sobre el trabajo, el respeto y la reciprocidad. Reivindicarlos, en palabras de Gabriela Loayza va más que agrícola: es una defensa de la memoria genética y cultural del pueblo Matsigenka.

Variedades de yuca recuperadas y sembradas en tres parcelas semilleras

Como parte del proceso, se instalaron tres parcelas semilleras en distintos pisos ecológicos, donde se sembraron seis variedades de yuca recuperadas, cada una con características particulares.

Entre ellas destaca la Kashiriganire, asociada con la luna (Kashiri), de crecimiento lento y cosecha tardía (hasta tres años), pero con la ventaja de no pudrirse rápidamente. La Oeganire es ideal para suelos negros, produce numerosas yucas de color amarillo y muestra gran resistencia a la hormiga kuki. Por su parte, la Opuichake, de tallo rojizo, es especialmente apreciada para la preparación de masato (chicha de yuca), aunque puede amargarse si se deja madurar en exceso.

Asimismo, la Aroriganire, que según la tradición llegó con el ave aroni, es valorada por sus frutos grandes y por las propiedades cosméticas de su cáscara, utilizada para rejuvenecer la piel.

Además, está la Tsamiriganire, que se distingue por sus tres subtipos según el tamaño de sus frutos, pudiendo alcanzar hasta 10 kg, aunque es poco apta para masato y altamente perecedera tras la cosecha. En cambio, la Kemariganire, cultivada en la ampliación Inkoreni, da frutos grandes y blancos que se conservan bien hasta dos años, lo que la hace muy útil para el consumo prolongado.

Las semillas se consiguieron mediante intercambios con víveres, visitas casa por casa, y diálogos con personas mayores que aún conservaban los cultivos en sus chacras. También se adquirieron herramientas para preparar y cuidar las parcelas.

Niñas, niños y, adolescentes se forman para recuperar las variedades de yuca

En el marco de esta iniciativa también se organizaron talleres en estas parcelas, donde participaron 30 niñas, niños y adolescentes, quienes aprendieron sobre las variedades de yuca, su historia, su siembra y sus múltiples usos. Rodrigo Sonco, uno de los niños participantes, recuerda: “Aprendí que nuestros antepasados comían barro, como si fuera yuca, y que la Luna trajo la yuca verdadera. También vimos los tipos de yuca y aprendimos cómo se siembran”. Valeria Korinti agrega: “Me gustó ver cómo se diferencia el tipo de yuca por el color de las hojas”.

Estos talleres no solo transmitieron conocimiento agrícola, sino también identidad. Álvaro Loayza, otro de los jóvenes, cuenta: “Me enseñaron en los talleres del señor Eulogio y la profesora Selmira. Aprendí mucho sobre la yuca y el masato”.

El masato y la harina de yuca siguen siendo alimentos esenciales para la comunidad. Pero su valor va más allá de lo nutricional: son la continuidad de un conocimiento que ha pasado de generación en generación. “Nuestros abuelos nos enseñaron cómo preparar el masato, cómo cultivar la yuca. Si dejamos de sembrarlas, se pierde esa historia viva”, explica Gabriela.

Semillas que resisten: saberes, mujeres y futuro

Desde la perspectiva de las agricultoras, la recuperación de esta semilla es también la recuperación de su rol en la sociedad. “Somos nosotras quienes manejamos y cuidamos la alimentación del hogar. La pérdida de variedades nos afecta directamente; además las yucas tradicionales no se malogran rápido, duran meses, hasta un año, mientras que las nuevas se pudren más rápido y no alimentan igual”, sostiene Gabriela.

En la comunidad nativa de Koribeni, esta labor se vive como un compromiso colectivo por resguardar los saberes ancestrales vinculados a la yuca. Yandila Omenki Ortega lo expresa con claridad: “Pienso que sí podemos recuperar las variedades de yuca, pero a veces necesitamos más fondos para intercambiar semillas por alimentos en otras comunidades más lejanas”.

De igual manera, Lizbet Anamel Kaibi Bazán reafirma que, “Sí nos gustaría intercambiar las semillas para que no se pierdan como antes. Estamos gustosas de poder compartir, aprender más y enseñar más, para que los saberes ancestrales continúen”.

Desde la voz de las mujeres matsigenkas se proyecta una apuesta por la transmisión intergeneracional: “Nos imaginamos impartiendo conocimiento a partir de lo que hemos aprendido y hacer un intercambio también con otras comunidades, sobre todo con los estudiantes. Estos talleres entre abuelos, jóvenes, niños y niñas son muy importantes para que no se pierda este valor ancestral que tenemos”, asevera Gabriela Loayza.

Aunque la expansión de la agricultura tecnificada ha alterado el método de la siembra —“ya no es como era antes, ahora se planta cacao puro, plátano puro”, dice Blanca Korinti Piñarreal, miembro del colectivo—, las mujeres se organizan, tejen redes y brindan alternativas. A través de asociaciones impulsan iniciativas que conectan con la conservación, la innovación y el liderazgo de las mujeres indígenas.

 

 

 

 

 

 

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